Un ejemplo, para que se me entienda: Hace unos instantes he tenido un mal encuentro con alguien a quien quiero un montón, pero un montón de los grandes. Porque hay días en los que uno es completamente incapaz de captar las sutilezas, aunque éstas vengan anunciadas en vallas publicitarias luminosas tamaño estadio de rugby, gritadas a megáfono al oído o te las espeten en la cara, dibujitos aclaratorios incluídos. En esos instantes ¿dónde coño está la experiencia adquirida durante esos 13.036 días de vida? Porque, vamos, que me digan a mi que estar pensando en los Mundos de Yupi mientras una pedazo de hembra se te planta en faldas y tacones, armada hasta los dientes, delante de este menda acarajotado, es de tío maduro y experimentado. En todo caso pensaría que estoy mal de la azotea o que me estoy volviendo maricón.
Estoy alterado porque esa personita a quien tanto quiero se ha esforzado para encandilarme, está sufriendo tacones e improperios de babosos compañeros por agradarme, se engalana para alegrarme la vista y yo, desagradecido, no he sabido corresponderla. Pero también estoy afectado porque esa personita a quien tanto deseo cosas buenas, a las 12:55 del medio día que son ya, aún no se ha parado a preguntarme por qué estoy tan distante, ausente, desconcentrado... esta mañana.
(Hoy no hay autocensura).




Alguien dijo "...nada es verdad ni es mentira. Todo es según el color del cristal con que se mira". No le faltaba razón, si bien las cosas son como son y no hay vuelta de hoja. Y, a falta de objetividad, me he ido aprovisionando de cristales de colores pequeños y grandes, oscuros y claros, alegres y tristes; algunos incluso opacos.