Estaba viendo El milagro de Candeal y oí a un abuelo decir que lo importante es vivir alegre y morir alegre, trasmitiendo la alegría a nuestros nietos.
Ha habido un momento que se me han saltado las lágrimas al oir un ritmo y repetirlo mentalmente; se me ha escapado por la boca a la vez que se me humedecían los ojos y me he desmoronado un segundo. Después me han inundado las sensaciones de escalofrío y añoranza de no se bien qué, si mi infancia, si la familia, si la compañía de gente con la que mantengo lazos algo más profundos que los de la amistad. Un trago de Coca-Cola Zero me ha traído de vuelta a la cutre realidad, aunque siguen cantando Carlinhos Brown y compañía en la tv.
No se si saldré, hoy no me apetece ver al resto del mundo. Me apetece sentir, recordar, encharcar mi cara con recuerdos sin pensar que mañana está a la vuelta de la esquina y que pasaré otro mal día. No por que no sea capaz de ser feliz. Quiero tener otro mal día antes de empezar de nuevo. Reivindico mi derecho a estar triste.
Mierda! Otra vez los escalofríos, otra vez las lágrimas. ¿Acaso tú podrías evitarlo?
Bebo, maestro, que tu música nunca muera.
(Sábado, 13 de octubre de 2007)




¿Quién me mandaría enamorarme de alguien que no se quiere dejar querer?


















...que entre las piernas no me cupiera.
Tampoco es que me sienten mal.
Y yo con estos pelos por Hawai.